A veces uno de distrae.
O nos distraemos los dos.
A veces te siento lejos
y me aterro.
Me pregunto una y mil veces
¿Qué era lo que tanto amaba de la soledad?
Cuando te siento lejos siento pánico.
Pero después me obligo a aterrizar.
Me saludo a mi misma y me permito apreciar.
Me aprecio a mí, un momento.
Al principio es raro.
La compañía se hace costumbre
y una se olvida de que hablar sola hace bien a veces.
Después de ponerme al día conmigo,
te aprecio a vos.
Te observo en mi mente.
Recorro cada parte tuya,
de lo que me haces sentir.
De lo que pasamos juntos.
Y de repente, pum.
Mi corazón late fuerte.
Ya no existe ningún vestigio de costumbre,
todo se basa en el asombro.
Asombrada de ese escalofrío que me haces sentir cuando me das un beso.
Asombrada de ser yo quien conozca tu lado más suave.
Asombrada de cuán grande puede volverse el amor.
Electricidad.
Eso es el amor.
Hay que mantenerlo siempre encendido, para que todo lo demás funcione.
Cada vez que me visualizo en la profundidad de tus ojos.
La ternura con la que me miras.
Lo difícil que se te hace llevar todos los sentimientos que, inevitablemente, explotan entre nosotros.
Cada vez que pasa eso, siento calma.
Porque sé, en algún lugar de mí, que esta luz no se va a apagar jamás.
Y vos,
vos sos lo más lindo que alguna vez sentí.
