Estas en las bambalinas a los costados del escenario, viendo al público sin que ellos te vean a vos como suele ser, la adrenalina corre por cada célula de tu cuerpo; entonces las luces se apagan, y es tú momento de pisar el escenario, tú momento de entrar a demostrar lo que sabes y te gusta hacer, y ahí comenzamos a sentir la música en nuestro cuerpo aunque aún no suene, y vemos que las luces del escenario se encienden, nos llenamos de nervios. Las cortinas del telón se abren, y ahí está la gente, expectante, y nuestro corazón se acelera.
Empieza la música, y esas coreografías que bailaste durante meses, que pensaste que iban a ser imposibles de terminar, pasan a ser lo único importante en ese momento; cada salto, cada giro, cada punta estirada, cada punto fijo, cada sonrisa, todo eso tiene que ser perfecto. Es tu oportunidad para mostrar el esfuerzo, para demostrar que las caídas, los golpes, las frustraciones por las cosas que no salían, y las alegrías por las cosas por las cuales te felicitaban, valieron muchísimo la pena. Y ahí solamente sos vos, y la música, son una sola, fluis a su ritmo como si estuvieras flotando, como vivís día a día sintiéndola en tu corazón. Y listo, se termina más rápido de lo que pensás, y querés más. Finalizas con uno de los sonidos más hermosos de la tierra, el sonido del reconocimiento, los aplausos. Y ya está, sos feliz, sabes que no va a haber nada que te haga perder esto, sabes que más que nunca, querés escuchar el ritmo, la música, que genera tu corazón al latir.

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