Una tarde de otoño en el parque, Benjamín estaba tranquilo, leyendo una de sus novelas favoritas, 'Los ojos del perro siberiano'. Era un joven inteligente, atractivo, de tez morena, ojos color miel y cabello castaño. Su sonrisa era perfecta, demostraba toda la felicidad que el queria demostrar (era un chico muy feliz). Y en cuanto a su mirada, las palabras siempre sobraban cuando sus ojos hablaban.
Era una tarde donde el aire estaba viciado de magia, algo extraño en la luz del sol indicaba que algo especial podría suceder ese día, y así fue. En el mismo banco en donde Benjamín estaba leyendo, Priscila se detuvo a atar sus cordones, y las miradas de ambos no pudieron evitar intentar encontrarse, o más que nada, buscarse.
Priscila era una chica fantástica, de curvas envidiables, ojos verdes, y una boca y sonrisa, que demostraban que la perfección existía. Su pelo dibujaba unas ondas únicas, exorbitantes, con distintos tonos, desde el marrón hasta el rubio oscuro. A simple vista, eran una combinación perfecta.
A penas se miraron, ambos quedaron como tontos, intentando descifrar de donde conocían a la otra persona, y por un momento creyeron que era de sus sueños. Benjamín que había leído sobre reencarnaciones y todo ese tipo de cosas, llegó a pensar que se conocían de otra vida, pero no le encontraba el sentido a semejante sensación que había sentido al ver a esta extraña.
Benjamín solo tardo los minutos en los que termino de apreciar la belleza de Priscila, para hablarle, no lo dudó, era una persona muy impulsiva. Para disimular un poco su interés le pregunto la hora, metiendo su reloj de mano en el bolsillo. Luego de eso le preguntó si siempre hacía ese tipo de ejercicio, ya que se notaba en la respiración agitada de ella, que había estado corriendo. Y de una forma muy desvergonzada, inició una conversación.
Priscila no podía creer que un chico tan apuesto como el se haya fijado en ella, por más de que estaba al tanto de sus dotes físicos, siempre había sido muy retraída, y no solían verla. A ella también le parecía haber soñado con Benjamín, no entendía que era lo que le estaba sucediendo.
Después de horas de caminar por el parque, hablando sobre sus vidas, supieron que además de no conocerse, no tenían nada que ver el uno con el otro. Ella venía de una familia conservadora, y lo más importante para todos era su princesita, Priscila. Tenían una forma rara de consentirla. Le daban y la dejaban hacer solo lo que a ellos les parecía correcto. Mucho no lo soportaba, ella tenía ideales más abstractos, amaba la música, y una vez que la conocías era muy suelta, solamente era difícil ganarse su confianza. Le gustaba reír, le gustaba hablar. Cantaba y pintaba como forma de vida, aunque su familia le indique que debía estudiar. Esa fue la razón para que empiece a estudiar medicina. Sí, medicina. Ahí claramente se podía ver una de sus grandes cualidades: tenía dos polos opuestos adentro suyo, y esto la llevaba a ser ciclotímica. Era ordenada, y un desastre. Era divertida, y aburrida. Era despreocupada, y por momentos veía hasta el más mínimo detalle. Todo eso llevaba ella atrás de sus ojos verdes, que mucho decían también. En cambio él, había crecido con su familia en Europa (Italia), pero había sido críado más que nada por su 'nana', como él le decía. Sin la más mínima atención de sus padres empresarios, y millonarios. Creció teniendo lo que el quería cuando quería, siendo un malcriado, y bastante caprichoso. Aunque de buena o mala manera, habían conseguido que estudie derecho (aunque abandonó al año de empezarla), y consiga un trabajo de medio tiempo. Más allá de eso era bueno, era dulce. Le gustaba tocar la guitarra, y amaba el basquet. Le costaba bastante demostrar lo que sentía, aunque al principio de conocerlo era muy suelto. Cuando sentía algo, era de verdad. Después de tantos años de sentir resentimiento hacia sus padres por no darle un hermano, por no darle el amor y el tiempo que el creía que necesitaba y merecía, aprendió a separar las cosas entre la razón y el corazón. Era una persona muy racional, pero como dije antes, sabía reconocer un gran sentimiento. Igualmente tenían algo en común, ambos buscaban alguien por quién luchar, alguien que valga la pena.
Ellos siguieron viéndose por mucho tiempo. Salían, y se divertían muchísimo. Aprendieron a entenderse con miradas, y a escuchar sus silencios. Y por más de que habían pasado años compartiendo tiempo juntos, entre viaje y viaje de Benjamín, respetando los momentos de estudio de Priscila, creciendo, entre otras cosas. Jamás se habían besado, era algo extraño. Les gustaba mantener la mística de no saber qué eran. Les gustaba demostrarle al mundo que las relaciones van más allá de todo, que podían tener una persona especial en su vida sin que sea una especie de novio/a. Y así vivían, limitados a encuentros repentinos, a abrazos interminables, risas tan fuertes que hasta un sordo podría oirlas, llenos de libertad. Les gustaba dramatizar, creer que su amor era imposible y prohibido, quizás por sus diferencias, o por sus familias. Quizás solo por miedo a que salga todo bien, o todo mal. Por miedo a perder, o a ganar. Pero esto no se iba a extender mucho más, porque Benjamín tenía pensado llevar a Priscila a dar un paseo en canoa, donde hablarían de ellos, de su amistad y su amor, algo que nunca habían hecho.
Comenzó el paseo, Priscila se mostró un poco más nerviosa que otras veces, presentía que esta era distinta. Benjamín sonreía, estaba feliz, y más cuando la veía a ella. Los rayos del sol lo hacían ver lo perfecta que era, lo lindo que quedaba ese lunar en su mejilla, y lo emocionante que fue verla ese día en el parque, cuando se conocieron. Ambos sentían paz, sabían que estaban en el lugar correcto, en el momento correcto, con la persona correcta.
Él freno en una orilla que se encontraba al costado del lago por el que iban y la llevó a caminar, a descubrir que había ahí. Nuestro amigo tenía todo preparado. Una manta con comida, y flores los esperaba en el piso a la sombra de un sauce. El lugar era mágico. Y hasta las flores se estremecían al oírlos suspirar, y verlos sonreír. Ella no podía creer lo que estaba viendo, Benjamín siempre había sido dulce pero nunca la había sorprendido tanto. Él se acerco, y la abrazo, acarició su mejilla, y se quedo observándola, a centímetros de su cara. Ambos temblaban, pero en los ojos del otro encontraban la tranquilidad. Benjamín, sin dejar su lado Italiano de lado, le dijo: 'Voglio passare il resto della mia vita con te'. Priscila sabía lo que decía, pero quería ganar tiempo para poder apoyar los pies en la tierra y darse cuenta de que no era todo un sueño, entonces le preguntó: '¿Qué dijiste?', con una sonrisa pícara. Y el le contestó: 'Dije, que quiero pasar el resto de mi vida con vos', y la besó. Fue un beso tan único que ella hasta derramó una lágrima. Fueron uno. Pasaron el resto de la tarde entre besos y risas. Se reían de ellos mismos, y de la extraña sensación de vergüenza que tenían. Cuando regresaron a la ciudad él no hizo menos que llevarla a cenar, y luego fueron a su casa. Millones de veces habían dormido juntos, abrazados, acompañándose. Pero nunca, jamás, se les hubiera ocurrido que esa noche iban a hacer el amor.
Pasaron más años así, felices. Todos les preguntaban cuando iban a casarse, ellos no querían. Siempre habían respetado sus tiempos, y no creían que el casamiento sea algo que se tenga que presentar en sus vidas, creían que los iba a a llevar a una rutina, fría y aburrida, que congela sentimientos por doquier, y deja a la gente vacía, sin ganas de vivir.
Una noche Benjamín llegó a su casa y llamó a Priscila para que vaya allá, como no vivían juntos, siempre hacían ese tipo de cosas. Ella noto algo extraño en la voz de su amado, él no estaba bien, no resplandecía como siempre.
Lo único que él logró decirle, sobre su tristeza, es que no estaba haciendo las cosas bien. La había engañado, con una compañera de trabajo. 'Fue una sola vez', era lo que usaba para justificarse. 'Esto no cambia lo que siento por vos', repetía. Pero eso no ayudaba a Priscila, no la consolaba.
Unas semanas de llanto, y reflexión fue lo que tardo Priscila en perdonar a su compañero de vida. Supuso que si tanto se amaban, iban a poder recuperar todo eso que alguna vez fueron. Pero antes de mostrarle su perdón, no iba perder la oportunidad de decirle todo lo que tenía adentro.
'Confiaba en vos más que en mí misma' empezó diciendo, con los ojos llenos de lágrimas. 'Eras mi pierna, mi brazo, la mitad de mí, - hizo una pausa - y lamentablemente lo seguís siendo. Pero no podía pasar esto por alto, no con vos, no conociendo nuestra relación.', Priscila intentaba tragarse el nudo de angustia que tenía en la garganta. '¿Acaso era la única que nos imaginaba despertando entre sábanas blancas, todos los malditos días de nuestras vidas? - hizo otra pausa - Que no serían tan malditos, solo por el hecho de tenernos, y sabes que es así. Si nos acompañamos todo siempre es mejor. Tuvimos peleas, pero nunca una traición. Fue difícil entenderlo, fue difícil aceptarlo. Fue difícil darme cuenta que no tenía ganas de verte. Fue difícil hacerme entender que más allá de cualquier cosa siempre te voy a amar más que a mí misma, porque al fin y al cabo, de eso se trataba todo esto, no? De amarnos, de la forma que sea, bien o mal. Tristes, enojados, entre carcajadas. Pero sobre todo cuidándonos. Y fue eso lo que me llevo, finalmente, a aceptar que sin vos no soy nadie. Que tenes con vos mi corazón, y que si te alejaras de mi vida, te lo llevarías, porque te lo entregué una vez, y no sería capaz de pedírtelo de vuelta.', la enamorada terminó de hablar, y Benjamín, destrozado, pero feliz, la abrazó. Se prometieron seguir adelante, volver a brillar juntos, ser fuertes. Se prometieron no volver a decir mentiras, no volver a traicionar. Y es que juntos eran más que solo dos, eran mágicos, se entendían y se cuidaban como hermanos, se divertían y se escuchaban como amigos, peleaban como perro y gato, se celaban como un niño que cuida su juguete nuevo. Pero se amaban, se amaban más que el sol a la luna, que el invierno al frío, que la sal al mar.
Siguieron juntos unos meses más, y notaban como todo se iba desgastando y enfriando. Los celos y la desconfianza habían entrado de una mala manera en su relación. Estaban siendo otros. Ella, por miedo a que vuelva a suceder lo que había sucedido una vez. Él por miedo a que ella quiera hacerle ver todo lo que sufrió pagándole con la misma moneda. Estaban desgastados, se estaban olvidando sin perderse, se estaban perdiendo sin querer.
Luego de dos años después de decidir no volver a verse, Priscila ejercía su profesión de medicina en una prestigiosa clínica. Ya no cantaba, ya no pintaba. Vivía sola, con su perro, uno que le había regalado Benjamín, 'Pacheco' le habían puesto. El perrito le recordaba mucho a Benjamín, pero no dejaba de hacerla feliz. Su vida no era la misma, no se preocupaba por nadie, ni por ella. Cada tanto veía a su familia, pero no le gustaban esas reuniones ya, le preguntaban mucho por el amor y los hombres, y no tenía ganas de escuchar a su madre dar sermones de cómo se debe amar. A ella justamente, que había pasado su vida amando. En cuanto a nuestro amigo, se había desmoronado. Vivía solo y sin trabajo, mantenido por sus padres, igual que como empezó. Ya no le dedicaba tiempo a sus hobbies, su guitarra estaba llena de telarañas, por no tocarse hace tiempo. Ya no veía o jugaba partidos de basquet, ya no tenía interes alguno por nada. No cuidaba su aspecto, ni su forma de vivir, su casa era prácticamente un basurero. Nada era lo mismo sin la risa de Priscila, si su mano en el hombro de él, apoyándolo.
Ambos sabían que seguían amandose, ambos sabían que si algún día se cruzaban, les iba a temblar todo el cuerpo. Pero también sabían que no supieron cuidarse, que no supieron mantenerse. Se dejaron pasar por encima, y su amor quedo retorciéndose en el fondo del frasco de los intereses de ellos. Se arrepentían de no haber luchado más, pero por suerte no se arrepentían de haber vuelto a intentarlo. Siempre iban a quedar en su memoria esos buenos momentos. Las vacaciones, las caminatas nocturnas. Los amaneceres en la playa. Sólo ellos fueron testigos de lo grande que puede ser el amor, y lo chiquito que nos puede dejar cuando se va, o cuando ya no es el mismo. Se les hará imposible olvidar sus llantos, esos malos momentos en los que si no era con el otro al lado, no podrían haber salido. Tampoco olvidarán sus miradas transparentes como el agua y este amor que les había cambiado tanto la vida. Pero lo que más les costará olvidar, serán sus risas, esas risas que hasta un sordo, podía llegar a oír.
(Sé que no es una de las mejores cosas que escribí, pero me llevo tiempo terminarla, así que espero que la disfruten!)
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