Una parada en la estación de tren llegó a gritarme que me asegure de saber a dónde estaba yendo, y simplemente le conteste (en mi interior) que no era eso lo que importaba. No importaba saber a dónde iba a llegar, siempre y cuando sea con vos.
Con mi carta de presentación en mano, me entregué a tu vida, me entregué a vos. Sin mirar, sin escuchar. Seguí a tu risa. Ciega y nostálgica, porque extrañaba sentirme querida.
Aprendí a pelearme conmigo, por vos. Aprendí a entender lo que querías decir con tus pocas palabras. Aprendí a enloquecer con tus pocas palabras.
Saqué fuerza de mi mochila, saqué tiempo del bolsillo de un buzo y paciencia de mi cajón más viejo. Encontré algo de confianza en mi misma, y una vez más, sin pensar, sintiendo, me largué al abismo, esperando que alguien me atrape. Esperando que ese alguien seas vos.